Migraña

 
MIGRAÑA
Comienzan a acechar los incipientes bostezos. Hace un par de días que, pese a dormir desnuda, la irritabilidad me enciende con su volcánico ardor.
Desorientada, me incorporo de la cama y dirijo mis pasos hacia la cocina en busca de algo dulce. Rasgo un sobre de azúcar con los dientes para deslizar sus gránulos por la garganta. Mi cuello presenta una rigidez preocupante. Descarto estar sufriendo meningitis. He completado un test en una web de medicina marcando con una X los síntomas que padezco. Al no sufrir fiebre elevada posiblemente se trate de una leve distensión muscular provocada por la ansiedad que me genera mi vertiginoso estilo de vida. Acudiré a destensar las cervicales a una cabina de fisioterapia. La irritabilidad podré contenerla expulsando toxinas por la boca en la consulta del psiquiatra.
Continúo con mis rutinas. Comidas veloces e inconsistentes. Tardes aceleradas practicando running (es decir, correr como si me persiguiera la policía). Trotar sin meta ni objetivo final. Simplemente para devorar un helado sin experimentar la culpabilidad posterior. Y el malestar se resiste a desaparecer por completo.
Continúan emergiendo los bostezos, los bajones de azúcar y el monumental resentimiento. Son las marcas iniciales de los pródromos. Premonitorias señales del martirio que pretende encarcelarme.
Durante una de mis carreras, pierdo el equilibrio, tropiezo y caigo sobre el asfalto con estrépito. Mantengo los ojos abiertos pero tengo delante un amplio campo de ceguera visual. Objetos borrosos y desdibujados rodeados por una serie de destellos luminosos. No soy capaz de gritar. No puedo levantarme. Me invade un extraño hormigueo en la mitad de la lengua, el labio, la mejilla y el brazo derecho. Quizá estoy sufriendo un infarto. Era inevitable, teniendo en cuenta que nunca he cuidado mi salud y me he lanzado a un atletismo salvaje sin haber practicado deporte anteriormente.
Según la web de salud, el estocoma centelleante y las dificultades motoras son las certeras manifestaciones del aura. En menos de una hora remitirán y mi corazón continuará latiendo sin contratiempos.
Es la presentación en sociedad de mi nueva compañera de piso: la migraña.
Después me asediará un dolor intenso en la mitad de la cabeza. Como si miles de martillos de acero golpearan mi cráneo. Me doparé con infinidad de cápsulas antiinflamatorias. Apagaré la luz y cerraré las ventanas. No me he atrevido a consultar con un médico. En internet encuentro toda la información que necesito. En absoluto silencio en una habitación oscura encontraré la calma a esta tortura. Y el teléfono me ayudará a sentirme mejor, facilitándome recetas curativas.
Siempre intentarán convencerme de que es mi desmedido uso del móvil el origen de estas migrañas. No voy a ceder en esto. El teléfono es el único que parece dispuesto a echarme una mano.
 
Virginia Mas