Madre tierra

 
MADRE TIERRA
Soy una mujer profunda y cargada de misticismo. Pretendo alcanzar el bienestar absoluto y la salvación de mi espíritu. Mis complicadas ceremonias y ritos nada tienen que ver con el fundamentalismo de ciertas religiones. Tampoco con el progreso de una demencia.
Estoy lúcida y me considero una persona muy inteligente. Puedo comunicarme con las plantas y con los animales. Y suelo preferir a otros seres vivos diferentes a los humanos, tan repletos de envidias y hostilidades.
En mi cerebro voy tejiendo conexiones insondables de pensamientos que ni yo misma soy capaz de interpretar.
Para conseguir rellenar los huecos opté por invadir todo el tiempo libre que dedicaba a filosofar a operaciones más sencillas. Poseía una tarjeta de crédito y comencé a emplearla sin límite para alcanzar la virtud, la redención de un alma enferma por el frívolo sistema imperante.
En la peluquería ordené que trenzaran mis cabellos. Me perforé varios piercings y grabé algunos símbolos en mi piel a modo de tatuajes. Costumbres tribales ancestrales…Adquirí ropa ecológica en establecimientos de comercio justo. Me olvidé de la carne, en todos los sentidos. Compré prohibitivas verduras sin fertilizantes. He de reconocer que también me agencié el mejor teléfono móvil que existía en el mercado. Me dolió pagar aquella desmedida suma de billetes. Pero en mi vida, el dinero carece de importancia. El vil metal que mueve el mundo no dicta los latidos de mi corazón.
Frecuenté idílicas reuniones en la montaña con individuos superiores. A los que venerar con pleitesía. Sus raíces sólo se cultivan en la madre tierra. Han vivido más que el resto  de los mortales y habitan en absoluta comunión con la naturaleza. Cubrí con la tarjeta los elevados gastos de aquella estancia. Campo, ayuno integral y pernoctación a la luz de las estrellas.
Tras aquellos fines de semana en estado de éxtasis, el regreso a la ciudad era un mazazo para mi nueva construcción personal.
Me apunté a yoga holístico. Al canto de la lluvia. A sesiones de meditación y silencio.
Acumulé en mi tocador un potente arsenal cosmético para devolver las esencias básicas a mi epidermis. Descargué en el Mac exquisitos relatos para conciliar el sueño.
Me he visto obligada a suplicar un préstamo personal a mi entidad bancaria para continuar financiando este íntimo desarrollo que he emprendido.
Estoy rodeada de ignorantes que suelen burlarse al sentirse eclipsados con la presencia de una deidad.
En mi sofá, practico nuevas asanas y masajes faciales. No me taches de frívola, no tienes derecho a manchar mi nombre en tu sucia boca.
Soy la inédita heroína del capitalismo.

Virginia Mas