Limerencia

 
LIMERENCIA
Lo conocí por casualidad a través de Tinder, esa popular aplicación que instalé en el teléfono por recomendación de una amiga. Aterrada al percibir el total desinterés que destilaba por acercarme al sexo opuesto, lideró campañas encubiertas para presentarme a los amigos de su novio. Chicos musculosos, amantes del deporte y con síntomas evidentes de estar dotados de una inteligencia restringida. No pretendía fundar con aquellos muchachos un selecto club de lectura pero no me atraían ni para un simple revolcón.
-¡Yo sólo copulo con cerebros! solía apuntar como excusa a mi decepcionada colega. Y huía despavorida para evitar situaciones comprometidas con un corpulento sudoroso completamente ignorante.
Por fortuna, mi congénita frialdad logró indultarme de aquellos ridículos encuentros.
Patéticos futbolistas que sospechan, despechados, que acabo de jurar el voto de castidad. Cuerpos atléticos completamente vacíos. Vestidos con ropa de marca. Conduciendo elegantes automóviles deportivos.
No me acostaría jamás con ninguno de vosotros. Aunque fuerais los últimos hombres existentes en este planeta. ¡Sois lamentables!
Pero esta aspirante a monja erudita cayó en la tentación del Tinder. Creó una interfaz de usuaria con preferencias complicadas y muy estrictas. Se colocó el nombre de Artemisa, diosa griega de la castidad y virginidad. Evitaría, de este modo, a los cazadores de encuentros sexuales. Y continuamente deslizaba su dedo hacia la izquierda de la pantalla del smartphone para demostrar indiferencia ante el perfil de un posible contacto. Hasta que apareció Orión y, tras examinar sus gustos y temores escrupulosamente, entendió que era él. Artemisa y Orión. Deslizó su dedo hacia la derecha.
Ambos enlazaron sus complicadas mentes alimentando tertulias infinitas hasta la madrugada. Se olvidaron de comer y de dormir para no romper su conexión ni un solo segundo. Sentían una atracción mutua poderosa y enfermiza. Una necesidad imperante y obsesiva de estar fusionados con la separación mínima de una pantalla de cristal. Y se rozaban la boca con violencia sin intercambiar saliva ni morderse los labios. Dejaron de salir a la calle. Sólo querían escuchar la voz del otro. Besarse sin encontrarse nunca rostro contra rostro. Así funcionaba esta relación enferma de limerencia. Dos seres elegidos. Alegres, eufóricos y afortunados.
Completamente solos.
 
Virginia Mas