La risa

 

LA RISA
Podría considerarse un problema. Un obstáculo para emprender relaciones sociales, para encontrar un empleo o para acudir como invitado a un acto solemne y protocolario.
Bromista y desvergonzado, careces por completo de la compostura que se requiere en un entorno extraño con personas desconocidas. Tus estridentes ataques de risa se liberan en las situaciones más insospechadas y desacertadas. Carcajadas que deforman tu rostro y tapizan de gotas saladas tus pupilas. Profundas risotadas que te resultan molestas pero es inútil que intentes retener en tus entrañas.
No importa el escenario ni el argumento de la obra.
Lloraste de risa con todos los cabreos de tus padres. Provocando entonces un notable aumento de tu pena como escarmiento.
-Estarás un mes sin salir a la calle. ¡Qué falta de respeto!, ¡en qué nos hemos equivocado en tu educación!-gritaban desconsolados. Después se retractaban al considerarse incapaces de soportar el eco palpitante de ese jolgorio enloquecedor.
Era frecuente que te expulsaran de clase y no pudieran continuar con la explicación si no te deportaban a una distancia prudencial de la puerta.
Los compañeros frecuentemente se contagiaban con el virus de tu risa. Pero un día debieron leer en un manual que estabas enfermo. Que tu risa no tenía que ver con la felicidad sino con la más profunda enajenación. Y renunciaron al reír al unísono.
Me condenaron al aislamiento de mi cuarto. Allí agarré la cámara de mi móvil y grabé mi tortura sin descanso. Subí esos vídeos a las redes sociales y, en poco tiempo, llegué a “Trending Topic”.
Así me gano el pan. Es lo único que sé hacer en la vida. Descojonarme de todo y de todos. Muchos me odian y profieren insultos degradantes hacia mi persona.
¿Y cómo reacciono ante la animadversión que provoco?
Ya lo sabe. Me enfoco con la pantalla en modo selfie y me río enormemente de usted mismo en este instante.

 

Virginia Mas