La náusea

 

LA NÁUSEA
Mis digestiones son terribles. Tras degustar una suculenta comida, un penetrante dolor en el estómago me impide disfrutar del postre. Me arqueo en posición fetal y comienzan las arcadas y las violentas sacudidas de mis extremidades.
Hace años, distintos especialistas médicos me examinaron y, sin poder brindarme un juicio razonable a este calvario, optaron por recetarme una aburrida dieta. Monótona y exenta de varios alérgenos, gluten y lactosa.
Condenaron mi existencia a una rigurosa nutrición precedida de una cápsula de protector de estómago.
Pero no sentí alivio. Me convertí en un muchacho con el aspecto de un drogodependiente en pleno auge.
Sufría continuos vómitos y desfallecía ante cualquier mínimo esfuerzo. Comenzaba a sentirme extremadamente débil y enfurecido. No padecía ninguna enfermedad grave. No era intolerante o alérgico a ningún alimento.
Pero experimentaba la náusea cada día.
Y por descontado, caí en el común error de buscar algún tipo de información tranquilizadora sobre mi lamentable estado conectándome a internet con el teléfono móvil.
¿Y qué decir del resultado?
Asumí una muerte inmediata y dolorosa. La progresiva evaporación de mi cuerpo enjuto. Mi volátil presencia tachada en el grueso diario de la Tierra.
Y decidí vivir mis últimos días con dignidad. Vacié por completo mi cuenta de ahorros. Acudí puntual a mi oficina para dar por finalizados mis trabajos como esclavo en el almacén.
Recogí mis cosas y agarré a mi jefe por la solapa con aire mafioso.
-Me largo de aquí. Podrás ahorrarte mi sueldo miserable. Quizá lo necesites para comprar en la farmacia nuevos tratamientos contra la náusea que te acecha. No podrás luchar contra ella. Es tu destino.
Y al pronunciar estas palabras fui consciente de mi maldición. Las arcadas y los vómitos no eran más que las secuelas de una existencia miserable y vergonzosa.
Comencé entonces a alimentar mi autoestima y a borrar las huellas de barro del camino emprendido.
Llegó un whatsapp de mi ex. Lo leí sin albergar sentimiento alguno. Aconteció mi última náusea y fui capaz de atraparla con el móvil como esquela fúnebre.
 
Virginia Mas