La línea de la vida

 
LA LÍNEA DE LA VIDA (LIFELINE)
Lifeline entró en mi vida por casualidad. En la fiesta de cumpleaños de unos colegas, un desconocido me solicitó el móvil para hacer una llamada. No pude negarme ante su evidente urgencia. Había olvidado su flamante Iphone en el taxi que lo trajo hasta aquí.
Ascendió las escaleras hacia la planta de arriba en busca de silencio y algo de intimidad. Parecía tener ante sí una conversación trascendental. De vida o muerte.
Me olvidé de aquel tipo, me serví otra copa y cuando me disponía a regresar a casa, apareció de entre las sombras con una palidez inquietante. Evité preguntarle, no era de mi incumbencia. En verdad, me importaba una absoluta mierda lo que le pasara a ese chico, que desapareció veloz sin darme las gracias por el préstamo.
Ya en mi cuarto, el insomnio se convirtió en una sábana áspera y desesperante. Tomé el móvil entre mis dedos para entretenerme hasta llegar a conciliar el sueño. Nunca encontré una distracción seductora en este aparato infernal. Algún mensaje que leía sin atención y jamás respondía. Llamadas que sonaban insistentes irradiando una música molesta e impersonal. Casi nunca contestaba. El buzón de voz se inventó para gente como yo. Con frecuencia, olvido el teléfono móvil en la mesilla de noche o en la mesa de un café. Lo recojo porque siempre me termina avisando el camarero, pero soy consciente de que no lo necesito en las rutinas de cada día. Soy un desarraigado de las nuevas tecnologías, lo reconozco. No estoy interesado en cambiar mis novelas de bolsillo por un gélido e-book.
Me acordé entonces del muchacho lastimero de la fiesta y decidí investigar sobre su misteriosa llamada. No encontré ningún número en el registro de llamadas y me sorprendió comprobar como ese cadáver había tenido la desfachatez de descargarse un juego interactivo en mi propio teléfono. Lifeline, la línea de la vida. Me disponía a destruirlo cuando el mensaje de un chat saltó hacia el horizonte de mi vista. Era de un astronauta llamado Taylor que había aterrizado en la Luna y suplicaba mi ayuda para ofrecerle consejos útiles de supervivencia. Conseguí salvarle la vida, a tiempo real, gracias a mis valiosas advertencias y recomendaciones.
Taylor aconsejó a muchas personas que buscaran mi asistencia personal desde aquel chat. Y desde aquella noche, no puedo abandonar Lifeline. En la actualidad auxilio y protejo a personas que se encuentran en apuros. No olvido jamás el móvil y permanezco interminables horas encadenado a su pantalla. Hoy he logrado comprender a aquel muchacho de la fiesta.
Llaman de repente a la puerta de mi cuarto. Se escuchan evidentes gritos de socorro. Aparto la mirada de la pantalla y miro hacia la puerta. Ha entrado un muchacho que parece precisar mi cooperación. Finjo no haberme dado cuenta. Soy yo mismo.
 
Virginia Mas