Exclamación

 
 EXCLAMACIÓN
No acostumbro a mirar por la ventana. Suelo esconder mi silueta tras las pesadas cortinas de terciopelo del salón. La oscuridad consigue transmitirme serenidad. Prefiero desconocer lo que me rodea para evitar llevarme decepciones.
Aquí las estrellas no brillan imponentes por la noche. Las nubes no adquieren formas extrañas ni se tiñen de colores sublimes cuando acontece el crepúsculo. No hay flores en cada esquina y la multitud carga con su ansiedad como un elemento indispensable del atuendo. La gabardina, el bolso o la cartera, los zapatos.
-No te olvides de la angustia, no dejes escapar una sonrisa por descuido…
Sean bienvenidos a mi urbe. La gran ciudad repleta de coches y altos edificios que acoge a los humanos como seres inanimados.
Ese recinto en el que nací y detesto profundamente.
Y la inquina que solía provocar pinchazos en mi estómago, adquirió una dimensión descomunal.
Consultaba en ese instante un artículo científico sobre la teoría de la tectónica de placas.
Mi edificio comenzó a temblar como un organismo aterrorizado. Mi calle se resquebrajaba dejando al descubierto una masa espesa e incandescente. Sentí el intenso calor de aquel imponente mar de lava. Millones de años de evolución geológica concentrados en un par de segundos.
Mi teléfono se reinició automáticamente. Sobre la pantalla aparecía mecanografiado un extraño mensaje:
“Tu ciudad es actualmente un conjunto de islas a la deriva. Reconstruye tu existencia en la porción que te ha sido asignada. Todo se crea, todo se destruye”.
Abrí simultáneamente los ojos y la boca sucumbiendo a mi propia exclamación.
No fui capaz de descorrer las cortinas.

Virginia Mas