El lector de colores

 
EL LECTOR DE COLORES
Soy víctima de un comportamiento repetitivo y restringido. Acostumbro a apilar objetos compulsivamente. Desobedezco órdenes sencillas y nunca respondo cuando pronuncian mi nombre. Siempre palpo y huelo cualquier alimento antes de saborearlo. Me entretiene observar el mecanismo en marcha de la lavadora o las hélices que giran en el ventilador. Detesto los ruidos estridentes o la música muy alta.
Me apasionan los colores y, en mi limitado vocabulario, tan sólo dispongo de una exigua colección de palabras preferidas. Que articulo con frecuencia y sin fundamento alguno.
-Magenta, Aguamarina, Crema, Añil o Granate. Una de mis posibles respuestas ante cualquier pregunta. 
Padezco un “Trastorno del Espectro Autista”. Ese el, al parecer, su nombre científico. Una perturbación de mi desarrollo neuronal. En mi cerebro, las células nerviosas producen sinapsis aleatorias y desordenadas. Por ese motivo parezco un ser extraño y solitario. No miro a los ojos ni resisto largas conversaciones con otras personas.
Acudo a absurdas terapias que no me reconfortan. Pero en una de esas reuniones, conocí a Violeta. Aquella chica entraba en mis palabras favoritas y, por tanto, me sentí con el coraje suficiente como para mantener una amistad con ella.
Chateamos con frecuencia con el whatsapp sobre el color y sus diversos matices. Buscamos nuevos pigmentos en los elementos de la naturaleza. Hemos descubierto que el color influye decisivamente en los estados de ánimo y nos disponemos a poner fin, por lo tanto, a muchas complicaciones y dolencias.
Nos amamos, pero todavía no hemos encontrado el tono adecuado en nuestra paleta de colores para pintarnos el uno al otro.
 
Virginia Mas