CANDILEJAS

CANDILEJAS
Aprendí en la escuela que la luz es sólo la pequeña parte de la radiación electromagnética que puede ser percibida por el ojo humano. Está formada por partículas desprovistas de masa denominadas fotones y puede viajar por el vacío a velocidad infinita.
Además, recuerdo, que cualquier objeto es capaz de emitir calor o radiación en forma de luz infrarroja. Esta no es visible pero condiciona que la oscuridad florezca como una fantasía novelesca aunque espeluznante.
La luz determina el crecimiento de las plantas y su proceso de fotosíntesis. Sintetiza la vitamina D en nuestra piel y concreta una reacción fotoquímica para poder desarrollar nuestra visión.
La luz subordina nuestra vida diaria. Nos levantamos cuando amanece e intentamos descansar con el crepúsculo. Es imprescindible para leer un libro. Fundamental para la pintura o la fotografía. Inventamos focos, velas, bombillas o lámparas para poder componer esa iluminación de manera artificial.
Su propagación, tropezando con objetos, produce sombras. Áreas desterradas a la penumbra. La delicada línea que ejerce de frontera con la oscuridad.
La ausencia de luz nos aterra y nos inspira a partes iguales. Fui competente para emplearla con destreza en el claroscuro de un lienzo. Empleo la oscuridad de mi estilográfica negra sobre folios en blanco para reproducir las sombras entre los versos de un poema.
Conseguimos suscitar la penumbra al cerrar los párpados. Y al abrirlos de nuevo, ¡se hace la luz!
Pero me ofende la importancia desmedida de este elemento.
He introducido mi cuerpo en una enorme maleta.
Mi viaje será largo y tortuoso. El destino marcado es la penumbra. Enciendo mi candileja, la linterna de mi teléfono, y compruebo tembloroso que su batería está cercana al ocaso.
Perderé la visión en poco tiempo y, será entonces, cuando la oscuridad deje de ser una utopía.

Virginia Mas